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5 marzo, 2017 - 14:08 PM

El 8 de noviembre de 2016 marcó un parteaguas en la relación bilateral más importante para México. De poco sirvió un siglo de cooperación y diálogo con Estados Unidos cuando la nueva política estadounidense resulta tan hostil y de confrontación hacia nuestro país. La transformación se está dando en todos los niveles. Por citar un ejemplo, el “efecto Trump” catalizó la volatilidad de los mercados y la fluctuación del peso; tan sólo tras los resultados de las elecciones presidenciales estadounidenses, la devaluación del peso fue del 13% en un mismo día. Ésta es la mayor que ha vivido México desde 1995.

Los principales embates se han dado en materia económica. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), inmutable durante 22 años, hoy vive la amenaza de un cambio mayor que podría trastocar nuestra estabilidad nacional, ya que los intercambios derivados de este tratado constituyen el 27.65% del PIB mexicano, mientras que para EUA sólo representa el 1.24%.

 

En 1992, durante la negociación del TLCAN, se dejaron de lado temas trascendentales, desde cómo hacer frente al fenómeno migratorio latinoamericano hacia EUA, hasta la fuga de empresas estadounidenses buscando mano de obra más barata en México. Ahora vemos que el haber postergado la discusión de asuntos tan sensibles ha derivado en un amorfo de posibles sanciones arancelarias y en la satanización de la migración, ambas guiadas por un discurso de odio que pretende materializarse en un muro fronterizo.

 

Ante esta realidad tan adversa, cabe preguntarse qué medidas debe tomar México para evitar el menoscabo de los intereses nacionales y de la relación con EUA. Las señales que envía Washington son bastante contradictorias; algunas veces los mexicanos somos de gran valor para la economía y el desarrollo cultural de EUA; otras, se nos pretende etiquetar como narcotraficantes, criminales, ladrones y violadores: los hombres malos. Con ello, es difícil esbozar escenarios.

 

Recientemente, lo que impera en nuestra relación es la incertidumbre, y en este contexto es muy difícil planear una vía de acción. A pesar de ello, nuestro país tiene el gran compromiso de velar por la integridad y los intereses de una comunidad de más de 34 millones de personas de origen mexicano que viven y trabajan en EUA.

 

En indispensable crear una política exterior que permita aprovechar los 12 Tratados de Libre Comercio (TLC) que tenemos con 46 países. México debe implementar una política industrial que permita la diversificación económica, la generación de mayor valor agregado, incorporando nuevas empresas, incluyendo las Pequeñas y Medianas Empresas (PyMEs), sobre las que recaen el 72% de los empleos del país, que generan el 52% del PIB y que representan el 99.8% de los 4 millones 15 mil unidades empresariales. Podemos decir que nuestros 12 TLCs no han tenido frutos. El 80% del comercio exterior de nuestro país aún se concentra en EUA.

 

Las circunstancias actuales de la relación bilateral hacen también necesario replantear nuestra política interna: el aumento de la productividad, de la innovación, combatir el cáncer de la corrupción, reducir los niveles de violencia y fortalecer el Estado de derecho. Al margen de todo factor externo, es momento de tomar las riendas de nuestro propio destino.

 

Resulta insensato pensar en continuar la construcción de un muro cuando por nuestra frontera cruzan diariamente 1 millón de personas; ambos países comercian 1.4 mil millones de dólares diarios, del que 70% ocurre a través de la frontera terrestre. Además, 5 millones de empleos estadounidenses dependen directamente del intercambio con México, y 30 de los 50 estados de la Unión Americana tienen a México como su primer, segundo o tercer socio comercial.

 

Hoy es un buen momento para apostar por una relación más sólida con Latinoamérica y el Caribe. Para esto, debemos ser congruentes entre lo que demandamos y lo que damos. La amenaza de las deportaciones masivas, la violación a los derechos humanos y el trato discriminatorio a nuestros migrantes en el norte es sin duda preocupante. No obstante, nuestro trato a los migrantes que ingresan a México dista de ser humano y racional. Sólo en 2016, nuestro país deportó más de 143 mil personas centroamericanas.

 

Se olvida que la cooperación en materia de seguridad es un signo distintivo de la relación bilateral. Por años, México y EUA hemos reconocido que la seguridad fronteriza, así como el combate al narcotráfico y a la delincuencia organizada, son un reto compartido que debe enfrentarse en el sustento de una relación recíproca de confianza. Si el gobierno estadounidense es renuente a continuar y fortalecer estos esfuerzos, quizá sea también momento de repensar nuestras políticas de drogas y de migración desde la frontera sur.

 

Por último, resulta necesario dinamizar la política exterior: llevar el diálogo tradicional de Washington-Ciudad de México a los puntos en que se vive la realidad de la frontera; adecuar los esquemas de comunicación de manera más ágil y proactiva; estrechar los vínculos con gobiernos e instituciones locales dispuestas a colaborar; involucrar a toda clase de actores en una nueva diplomacia plural; y ante todo, acercar a nuestras sociedades para lograr un entorno de solidaridad, hacia un panorama diferente.

 

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